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29 may 2012

Buenos y malos (2)

La proxémica nos ayuda a interpretar los significados subliminares que se esconden en los significantes espaciales.

Aunque la proxémica alude al espacio interpersonal, por extensión, nos permitimos la licencia de aplicarlo a otro tipo de relaciones sociales cuando tienen como código de conducta la posición de los individuos en sentido amplio, convirtiéndose en símbolos de un estatus: arriba/abajo, delante/detrás, dentro/fuera, derecha/izquierda… En la cola del paro podemos ver claramente cómo se guarda una prudente distancia interpersonal de forma espontánea: es un código tácito que la proxémica analiza en el campo de los símbolos espaciales. Pero la posición puede cambiar la oportunidad de los individuos; además del valor simbólico de cortesía, posee un valor trascendente. Este valor en las relaciones sociales es el que puede influir en el futuro de los individuos y de toda una colectividad.

¿Reconocen esta expresión: “goza de una buena posición”? Hay posiciones que no merecemos ni controlamos pero que padecemos. Ocurre con esta crisis. Para conocer los culpables no necesitamos pensar mucho. Se puede concretar en este aforismo: La crisis la provocan los de “arriba” y la pagan los de “abajo”. Los de “arriba” parecen intocables: están en la “gloria”; los de “abajo” están como condenados a las penas del “infierno”. ¿Alguien duda de esta evidencia?

¿Nos suena aquello de “sentado a la derecha del Padre”? ¿No es tenida la “derecha” como el lugar preferente? Los malos son despreciados y arrojados a la “izquierda”. ¿No se relaciona la “izquierda”, la siniestra, con lo negativo? ¿Por qué los zurdos han sido tan marginados en casi todas las sociedades? Da la impresión de que la izquierda esté demonizada; como si los creyentes más ortodoxos sospecharan que su Dios particular estuviera arrepentido de haber dotado a los humanos de los miembros de su lado izquierdo. Que cada cual saque sus propias y respetables conclusiones.

Al parámetro espacial se une el parámetro temporal: los símbolos espaciales adquieren connotación a lo largo del tiempo y se consolidan de generación en generación como verdades culturales. Cuanto más tiempo pasa, más factores de interés económico, político y social contribuyen a apuntalar el statu quo a través de esa tradición y de una forzada educación conservadora que se resiste ante cualquier intento de cambiar esas interpretaciones inconscientes de los símbolos.

Sigamos, pues, intentando desentrañar la realidad social a través del modelo espacial. Hablemos de Norte y de Sur. La imagen del nórdico alcanza un alto nivel de prestigio conseguido a través de la cultura del dominante. Un sureño casi siempre resulta poco fiable, si además se trata de un blanco y un negro, relacionados ambos con “arriba” y “abajo”, “norte” y “sur”, la bipolarización aumenta. Añadiendo el criterio de los que estamos “dentro” y los que vienen de “fuera” (en pateras), la radicalidad, el fanatismo y la xenofobia agravan la situación. ¿Qué decir del enfrentamiento secular entre los “buenos” de “occidente” y los “malos” de “oriente”? Por transferencia de estos valores simbólicos, los míos –cuyos actos siempre se justifican– son “los buenos”, frente a los otros, “los malos” que se convierten instintivamente en enemigos, como en las películas de indios y vaqueros que “educaron” nuestra infancia. La connotación negativa desaparece ipso facto si el sujeto exótico nos fascina por su cultura, su fama o su riqueza, y no solo en el mundo del fútbol.

La imagen de los encarcelados nos hace prejuzgar de forma inconsciente: son malos porque están presos; es decir, todos los que están “dentro” de la cárcel son malos. Este tipo de error por generalización otorga a las víctimas de las injusticias la condición de sospechosos o de culpables. ¿No ocurre esto cuando a una mujer maltratada se le tilda con “algo habrá hecho para merecer ese trato”, solo por el hecho de estar “dentro” del género mujer, es decir “fuera” del mundo del macho?

Todo intento de desarrollar una educación que rompa estos patrones engañosos, que promueva una actitud justa, reivindicativa, emancipadora, desalienante, rebelde, comprometida, desmitificadora, solidaria y utópica procede de la “maldad” de unos enemigos del paraíso en el que viven los de “arriba” y molesta o irrita a los aliados contemplativos que viven enajenados “abajo”. Se apuntala por “ley natural” y política el orden establecido porque reivindicar el conocimiento de la verdadera realidad de las cosas amenaza y subvierte ese orden, que suele defenderse con extremada contundencia. El lenguaje opaco que emplean los políticos cuando actúan en connivencia con los poderosos va en contra de la sindéresis y la transparencia que correspondería a un sistema democrático. En lugar de mejorar la realidad, todos los factores apuntados y una persistente propaganda se encargan de hacer que se perciba la realidad impuesta como la ideal. Por eso se teme y se elude la educación que forme ciudadanos críticos con el sistema establecido y se protege, se exige y se impone desde los dominadores una educación conservadora del statu quo.

Todos los rebeldes que en la historia de este mundo han sido acabaron enfrentados a los sistemas despóticos. ¿Recuerdan cómo acabó aquel que nació en una cueva? No solo los revolucionarios encuentran una cruel represión, también políticos, obreros –no olvidemos el simbólico ejemplo de los mártires de Chicago– o científicos –recuérdense a los condenados por la Inquisición–, han pagado un alto precio por tratar de que la humanidad salga de la ignorancia, de la injusticia y se libere de los tiranos. Es notoria la dura resistencia que padecen día a día la gente solidaria como ocurre con los rebeldes religiosos –teólogos de la liberación, cristianos de base, benefactores sociales… que por amor a los de abajo se arriesgan ante cualquier forma de poder injusto (incluso a ser perseguidos por sus propios jerarcas). Esto se atreven a proclamar en Redes Cristianas“La Iglesia será libre solo cuando esté clara y definitivamente desligada del estado y se ponga decididamente al servicio de los pobres y excluidos de este mundo”–.

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Lo mismo sucede con todos los demás líderes e intelectuales que, hasta con el sacrificio de sus vidas, han posibilitado que el mundo progrese en el ámbito de la justicia y la igualdad hasta conseguir que se proclame un principio de justicia universal con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (son objeto de derecho prioritarios: la vida y su entorno, la salud, la educación, el trabajo, la protección legal y la vivienda). Pese a que se violan o se incumplen constantemente no dejan de ser una buena brújula que debe orientar la conducta de gobernantes y de personas de buena voluntad.


  Continuará: Buenos y malos (y 3)  

16 may 2012

Buenos y malos (1)

Por ignorancia, por fanatismo, por credulidad, por debilidad o por otros motivos que no serán fáciles de entender, caminamos a ciegas guiados por codiciosos lazarillos que nos pueden conducir como malditos a los infiernos. La condición depredadora que aún constituye a la especie humana tiene como consecuencia el dominio de unos sobre otros. Lo peor de todo es que los dominadores han venido sembrando a lo largo de la historia en nuestras conciencias la confusión entre el bien y el mal, entre los buenos y los malos a través de mitos, tabúes, creencias e historias que no hacen sino abundar en una concepción maniqueísta del mundo.


La simbología espacial, que contribuye a ello, es muy rica en ejemplos: Lo bueno siempre está arriba; lo malo siempre está abajo. Este esquema tan simple y tan primario parece constituir una mentalidad inconsciente universal. Cada persona que llega a este mundo tiene la suerte o la desgracia de pertenecer a uno de estos dos submundos, mejor dicho, al supramundo o al submundo. Pero lo más sorprendente e injusto es que la persona se convierte en buena o mala –según sea de alta cuna o de barrio bajo– porque queda estigmatizada por la situación.

Veamos, los que están arriba, los ricos, son admirables, admirados, envidiados, superiores, su estética nos seduce: creemos ver en ellos la belleza, la verdad y la bondad, como esencia de sus personas y de su clase. Todos los que ostentan poder en los distintos tramos jerárquicos gozan de esta condición privilegiada: reyes, banqueros, presidentes, papas, famosos, triunfadores que llegan arriba… Su esfuerzo por mantener el statu quo es de una eficacia incontestable porque gozan del peso de la tradición, disponen de los instrumentos de represión y controlan los medios de propaganda con lo que consiguen abducir la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, incluyendo a los que ocupan el nivel inferior, los de abajo, cuya situación los contamina haciéndolos injustamente indeseables como individuos por su origen pero útiles como instrumento del poder.

Alienados por una cultura de sumisión a los de arriba, atraídos por la seducción de los  “buenos”, gran parte de los de abajo colaboran en mantener ese statu quo, por las migajas que les puedan llegar, por la esperanza de los arribistas de llegar al cielo social o por el legítimo esfuerzo que los coloca arriba por sus propios méritos olvidando pronto a los que siguen sometidos. Clichés, prejuicios, estereotipos, juicios de valor, clientelismo o incluso fanatismo forman parte del arsenal de distorsionadores del sentido común y de la moral que provocan la alianza social y política con  el grupo de los de arriba.



Esta adhesión permite a los que ostentan el poder convertirse en casi dioses y ser considerados como tales. Si no fuera así, ¿cómo sería posible que la multitud se conviertiera en fieles creyentes o súbditos sumisos al creer como verdad absoluta que tienen derechos y privilegios históricos inalienables o que el poder lo reciben de arriba, por la gracia de Dios o por ser elegidos por el Espíritu Santo para pastorear las almas y gobernar –que venga Jesús y lo vea– un reino de este mundo: el Estado Vaticano? Hoy, a los gobernantes “democráticos” la legitimación del poder les viene –enajenando la voluntad popular– de otros dioses a los que tienen que obedecer inexcusablemente: las multinacionales, los mercados y los bancos que, siendo una trinidad, convergen en un solo dios: el dinero. Así se consolida el mundo de los elegidos, el de “los buenos”. No es que ese dios no sea necesario para el progreso. La perversión del sistema viene dada porque los poderosos rinden culto al diablo de la especulación financiera y de la corrupción por encima de afanarse en la producción de bienes, la justa distribución de la riqueza y el respeto al planeta.

La confrontación ideológica entre derecha e izquierda es el resultado de un fraude histórico que consigue dividir a los de abajo olvidando que la amenaza viene de los de arriba, al margen de que la delincuencia y el crimen se den en todos los niveles. Movimientos como el de los indignados están en el punto de mira de los poderosos porque amenazan con unirse contra un falso sistema democrático que cada vez se parece más a un régimen de vasallaje.

La colaboración colectiva por tradición para mantener las cosas como están, no alterar el orden de la naturaleza de las cosas, confiere a los de arriba y a sus simpatizantes un carácter “bondadoso” de legitimidad, son personas de orden: son “los buenos”. Los que pretenden que las situaciones injustas de los de abajo cambien son “los malos” porque vienen a romper las ancestrales reglas del juego social.

Por mucho que queramos ver solo un matiz simbólico en este esquema de análisis, parece evidente que esta forma intuitiva de interpretar la realidad está grabada en nuestros genes, en nuestros memes o en nuestros sueños. La proxémica nos ayuda a interpretar los significados subliminares que se esconden en los significantes espaciales; un ejemplo sencillo nos lo muestran los escaños de un podio.

Nota: Hacer clic en las imágenes para ampliar


  Continuará: Buenos y malos (2)