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12 ene 2013

Latrogenocidio (1)


Los gobiernos democráticos se deben a los ciudadanos, que mediante sufragio universal les dieron el poder para que gobernaran en beneficio del interés general. Para cumplir el mandato disponen de los recursos que le proporcionan los impuestos de todos. El mandato constitucional obliga a que los impuestos sean progresivos, es decir que el que más ingresos tiene pague más, según tramos de porcentajes progresivos.

Hasta aquí todo parece justo y claro. Lo que ocurre es que en la práctica los gobiernos se confabulan o se pliegan a las presiones de los poderosos o comparten sus intereses y se impone la voluntad de los lobbys en perjuicio del interés general. La Constitución y la voluntad popular quedan vulneradas. Este engaño se hace realidad en la inflación de consejeros públicos, en los frecuentes casos de corrupción, en el nepotismo, en el clientelismo, en los tratos preferentes a la banca, a las eléctricas, a las petroleras, a la inversión especulativa, que en tiempos de crisis siguen aumentando sus beneficios a costa del sacrificio de los que menos tienen; son amnistiados defraudadores y delincuentes poderosos; se desentienden de la regulación de su actividad económica o se legisla a su favor en contra del pueblo – que deja de ser soberano–, por lo que legalizan una práctica política que es ilegítima, por inmoral y nada ética. Se dice que actúan al revés que los bandoleros del siglo XIX, porque roban a los pobres para dárselo a los ricos: el Estado cede poder ante los intereses de la empresa privada y de los mercados debilitando el poder de la ciudadanía que es obligada a soportar grandes sacrificios atentando contra los derechos individuales que proclama la Constitución, osando corromper los fundamentos de la Democracia.

Muchas personas, como consecuencia de estas políticas, se ven en la pobreza, son desahuciadas de sus viviendas, están en el paro y sin protección por desempleo, no pueden pagar sus tratamientos, ven reducidas sus pensiones, pierden aceleradamente poder adquisitivo, la juventud no tiene claro su futuro y se llega al límite de la desesperación. Cada vez, desgraciadamente, se dan más casos de suicidio, de muertes prematuras en los casos graves de dependencia no atendida, de extrema pobreza o de depresiones profundas. Y los gobernantes no quieren aceptar que son ellos los responsables, directos o indirectos, del robo y de los homicidios, que no sucederían si las leyes que aprueban fueran dirigidas a procurar el bien común.
¿Procede llamar a esta forma de hacer política “latrogenocidio”? Lo justo sería que fuera castigada por leyes –que tendrían que haber sido promulgadas desarrollando los artículos constitucionales que protegen los derechos de los ciudadanos y prohíben la especulación–, cuando los gobiernos incumplen el espíritu y la letra de la Carta Magna.

10 dic 2012

Hace 64 años



El capitalismo va en la actualidad en sentido contrario a lo proclamado el 10 de diciembre de 1948 en la Carta de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esos derechos han sido convertidos en una mercancía. Quien no tenga dinero, tendrá cada vez más difícil en el futuro el acceso a los derechos básicos: educación, sanidad, empleo, vivienda y demás prestaciones sociales. En lugar de procurar que los países menos desarrollados se acerquen al estado de bienestar del primer mundo, se está consiguiendo que este nuestro mundo retroceda al encuentro de los países más pobres. Están tratando de convertir los estados en megamercados en donde el ciudadano es valorado como un mero cliente.
Los derechos humanos están dejando de ser la meta de las políticas sociales. Lo prioritario del estado en el capitalismo es incrementar el capital de bancos y grandes oligopolios y garantizar con el dinero de los impuestos –que burlan los ricos– el pago de la deuda que contraen en sus jugosos negocios. Para asegurar este pago, hasta la Constitución se reforma –se asalta– sin ningún problema (artículo 135).
Se dice que se están poniendo las bases para que a medio plazo se produzca la reactivación económica y la salida de la crisis. Eso es radicalmente falso porque, al menos, se van a producir dos graves efectos: uno, la miseria de muchos millones de personas; y otro, la implantación para muchos años de un sistema opresivo y de ruina económica para las clases bajas y medias con el consiguiente fracaso de las jóvenes generaciones mejor preparadas de nuestra historia. La vida que les espera va a ser muy dura.


Para confirmar el desprecio por los Derechos Humanos, basta con echar una ojeada a algunos de los artículos de la Carta:

Artículo 1: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”
Artículo 2.1: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.”

Por si alguien cree que esto se cumple, veamos otros:

Artículo 23.1: “Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.”
Artículo 25.1: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.”

Las políticas actuales -librémonos del chantaje de la crisis- ¿de verdad se orientan por estos principios? ¿No está claro que de forma brutal nos vienen cambiando el rumbo en los últimos años? Lo peor es que aún seguimos dudando de lo que ocurre y así no es posible el cambio.

Ver los 30 artículos de la Declaración Universal de los DerechosHumanos.