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15 jun 2014

Monarquía o República



No cabe duda de que la monarquía, presentada como única alternativa, fue refrendada por el pueblo español en 1978. Pero aquellas circunstancias históricas (la amenaza del ejército con vocación golpista era real) no permitieron arriesgar que se planteara si monarquía o república. Así que, aunque la monarquía venía impuesta por el régimen franquista, casi todas las fuerzas políticas de ideología republicana consideraron que, en ese momento, el objetivo prioritario era conseguir la democracia.

Sobre aquella decisión forzada planea una sombra de legitimidad. Como actualmente aquella amenaza no existe, parte de la ciudadanía (ante los últimos síntomas de que el régimen ha entrado en una fase de decadencia y desprestigio puestos de manifiesto en la forma inhumana de gestionar la crisis al tiempo que han ido aflorando los escandalosos casos de corrupción que están afectando a todas las instituciones, incluso a la hasta hace poco mantenida como ejemplar Casa Real, cuyo colofón ha sido la abdicación del Rey) ha manifestado su vocación republicana y pide la celebración de un referéndum.

Puede que aún permanezcan sobrevolando en el inconsciente de las masas aquellos fantasmas que creó la España franquista para justificar su golpe de estado y que la mayoría en este momento siga recelando de la república, y sea partidaria de la monarquía. Razón de más para que todas las fuerzas políticas consideraran ese referéndum como la última pieza que completaría el ciclo de la construcción democrática al ser aceptado el resultado por unos y otros sin que se impusiera la voluntad de una parte de la ciudadanía silenciando a la otra. Si se diera esa normalización jurídica y democrática, contribuiría a desterrar de la memoria colectiva española la perversa idea histórica, alentada por las élites dominantes, de que la república es sinónimo de caos. 

Aunque la mayoría apoyara la sucesión dinástica, los partidarios de la república podrían ir concienciando a la ciudadanía en los principios legítimos de esa cultura política a través del debate social y una formación profunda y responsable. Sin esos requisitos, un sistema republicano tampoco garantiza una democracia plena. 

Paradójicamente, una monarquía parlamentaria (pese a su anacronismo y contradicción en su término) con la transparencia y controles debidos, puede desarrollar (como ha ocurrido hasta ahora en las del norte de Europa) un sistema razonablemente democrático. Desde luego, en igualdad de transparencia y de responsabilidad de las instituciones públicas, unido a la madurez y participación ciudadana, la forma auténticamente democrática es sin duda la república.