Esta es la segunda carta dirigida al Colegio de la niña XXX
“Este escrito va dirigido a todas las personas que de algún modo tengan responsabilidad en la educación de la niña XXX. De modo especial, y en primer lugar, a quien ejerza su tutoría en el presente curso y a todo el grupo de apoyo.”
Así
comenzaba mi escrito de 6 de 0ctubre de 2009, del que recomiendo su relectura.
Este que hoy nos ocupa sigue teniendo los mismos destinatarios, aunque las
circunstancias han cambiado en algún sentido.
En
primer lugar, los apoyos que X ha venido recibiendo desde la mencionada fecha
han mejorado considerablemente, lo que demuestra que se ha despertado, para
bien, la sensibilidad del grupo docente que interviene en su formación. No solo
en su aspecto didáctico, sino en la relación afectiva con la alumna.
En
segundo lugar, con dolor hay que resaltar el aspecto negativo que protagoniza
la persona que ejerce su tutoría: la situación se ha venido agravando
progresivamente, como prueban las reiteradas quejas de la madre de X.
Los
últimos hechos, ya conocidos en el colegio, confirman la grave conducta que
mantiene dicha persona: privar a X de la clase de gimnasia porque no es capaz
de hacer los ejercicios como los demás (ella sí fue capaz de ponerla leyendo en
el patio sentada en un banco con un paraguas bajo la lluvia); más
recientemente, la víspera del día de los derechos del niño, X fue empujada en
las escaleras por un compañero, necesitando asistencia por un servicio de
urgencia (la tutora, al parecer, tiene por costumbre abandonar a los niños a la
salida de la clase y marcharse, argumentando que son mayores y saben salir
solos)…
Estos y
otros hechos no son fortuitos; pueden ser la consecuencia de un presunto trato
vejatorio sistemático hacia X que está provocando en la alumna inseguridad,
baja autoestima, miedo y sufrimiento, mucho sufrimiento. Con su conducta (no se
priva de resaltar la discapacidad de su alumna delante de los demás), la tutora
ha creado un clima hostil hacia ella en la clase, que propicia la marginación y
el desprecio por parte de algunos de sus compañeros, según relata la madre de
la niña, síntoma de una cruel estigmatización de la víctima.
Como
las quejas de los padres de X vienen siendo continuas y no hay modo de cambiar
la actitud de su tutora, es necesario actuar para defender los derechos
inalienables de X, así como de los demás alumnos que están contagiándose de un
modelo educativo perverso.
Los
resultados que el buen trato y las excelentes medidas pedagógicas que se están
aplicando por la mayoría de los responsables del centro quedan anulados por el
deterioro de la personalidad y el sufrimiento de X. Si no se remedia esta
situación injusta, su vida va a ser muy desgraciada.
