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2 may 2013

La mano que educa (2)



Esta es la segunda carta dirigida al Colegio de la niña XXX

“Este escrito va dirigido a todas las personas que de algún modo tengan responsabilidad en la educación de la niña XXX. De modo especial, y en primer lugar, a quien ejerza su tutoría en el presente curso y a todo el grupo de apoyo.”
Así comenzaba mi escrito de 6 de 0ctubre de 2009, del que recomiendo su relectura. Este que hoy nos ocupa sigue teniendo los mismos destinatarios, aunque las circunstancias han cambiado en algún sentido.
En primer lugar, los apoyos que X ha venido recibiendo desde la mencionada fecha han mejorado considerablemente, lo que demuestra que se ha despertado, para bien, la sensibilidad del grupo docente que interviene en su formación. No solo en su aspecto didáctico, sino en la relación afectiva con la alumna.
En segundo lugar, con dolor hay que resaltar el aspecto negativo que protagoniza la persona que ejerce su tutoría: la situación se ha venido agravando progresivamente, como prueban las reiteradas quejas de la madre de X.
Los últimos hechos, ya conocidos en el colegio, confirman la grave conducta que mantiene dicha persona: privar a X de la clase de gimnasia porque no es capaz de hacer los ejercicios como los demás (ella sí fue capaz de ponerla leyendo en el patio sentada en un banco con un paraguas bajo la lluvia); más recientemente, la víspera del día de los derechos del niño, X fue empujada en las escaleras por un compañero, necesitando asistencia por un servicio de urgencia (la tutora, al parecer, tiene por costumbre abandonar a los niños a la salida de la clase y marcharse, argumentando que son mayores y saben salir solos)…
Estos y otros hechos no son fortuitos; pueden ser la consecuencia de un presunto trato vejatorio sistemático hacia X que está provocando en la alumna inseguridad, baja autoestima, miedo y sufrimiento, mucho sufrimiento. Con su conducta (no se priva de resaltar la discapacidad de su alumna delante de los demás), la tutora ha creado un clima hostil hacia ella en la clase, que propicia la marginación y el desprecio por parte de algunos de sus compañeros, según relata la madre de la niña, síntoma de una cruel estigmatización de la víctima.
Como las quejas de los padres de X vienen siendo continuas y no hay modo de cambiar la actitud de su tutora, es necesario actuar para defender los derechos inalienables de X, así como de los demás alumnos que están contagiándose de un modelo educativo perverso.
Los resultados que el buen trato y las excelentes medidas pedagógicas que se están aplicando por la mayoría de los responsables del centro quedan anulados por el deterioro de la personalidad y el sufrimiento de X. Si no se remedia esta situación injusta, su vida va a ser muy desgraciada.