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29 ago 2017

LAS GUERRAS

Desde los primeros tiempos de la historia de la humanidad, siempre ha habido guerras en algunos lugares del mundo. Eso significa sufrimiento y muerte de gentes inocentes, al mismo tiempo que suponen grandes negocios para los poderosos que controlan el planeta.


13 feb 2014

La maldad institucional

Hay guerras y guerras. Unas, las clavadas en el corazón de los pueblos, son producto de la maldad radical que los poderosos despliegan cuando imponen sus intereses sacrificando las vidas de miles de inocentes para aumentar su poder y su riqueza. En las que el terrible armamento se convierte en objeto de un gran negocio. Las guerras, crueles y cruentas, que se provocan en nombre de los dioses o de las patrias. Guerras terribles de odio, muerte y hambre que son padecidas y maldecidas por sus víctimas. El pasado siglo, cuando la modernidad parecía anunciar un mundo feliz, tuvieron lugar las dos guerras más atroces que nunca pudieron imaginar los seres humanos. Y el siglo actual, aunque haya desaparecido la amenaza que "justificaba" la guerra fría, va por un camino que demuestra que los poderosos no cejan en provocar nuevas guerras geo-estratégicas para dominar el mundo.

Hay otras guerras más sigilosas, menos explosivas, cuyos efectos destructivos pueden llegar a provocar las más crueles tragedias humanas. El campo de batalla es la crisis que provocan los mismos agentes poderosos. Las armas, las políticas antidemocráticas. Su bandera, la ideología neoliberal del capitalismo salvaje. Su propaganda, los dogmas y la manipulación de la opinión pública. Su enemigo, el pueblo sometido y desunido que por no saber ni querer saber se convierte en víctima. También el odio, la muerte y el hambre invaden el corazón de los pueblos.

¿Cuántas personas son conscientes de que todo ser humano es sujeto de derechos (trabajo, vivienda, alimento, educación, sanidad… ¡vivir dignamente y en paz!); y que la democracia es una conquista histórica mediante la cual se tiende a que se reconozcan y se cumplan esos derechos; y que los políticos deben estar al servicio de los ciudadanos y no al revés; y, sobre todo, que la defensa de esos derechos exige un esfuerzo constante para conseguirlos y consolidarlos? Como consecuencia, es de justicia que los políticos que han sido elegidos democráticamente, si no cumplen con lo jurado o prometido y con sus programas electorales, deban ser despojados de inmediato de su poder por el pueblo que los eligió.

Estamos padeciendo la maldad de los políticos que, vendiéndose a los poderosos, arremeten contra el pueblo soberano. Personas, que en su entorno familiar pueden ser ejemplares ¾los mafiosos también suelen presumir de ello¾, burlan leyes, moralidad y ética corrompiendo las instituciones democráticas para ponerlas al servicio de los que ambicionan aumentar sin límites su riqueza: el capitalismo decapita la democracia. La maldad se instala en las altas esferas del poder utilizando la mentira ¾hasta el lenguaje pervierten¾, la represión y el miedo como instrumento para dominar a la ciudadanía que, engañada, desunida y acobardada, sufre la derrota en esta desigual guerra entre la clase alta, cada vez más rica y poderosa y la clase baja, cada vez más numerosa y empobrecida.

Aun así, el pueblo no reacciona a la llamada que hacen con sus movilizaciones unas minorías  ¾desprestigiadas y perseguidas por el poder, cierta prensa y parte de una opinión pública manipulada¾ que no se resignan ante la corrupción, las mentiras, las injusticias y las leyes represivas con las que se protegen los tiranos. Si la mayoría de los ciudadanos conociera sus derechos y deberes cívicos, abandonaran la resignación o el escepticismo, vencieran el miedo y se unieran para decir basta, podría empezar a verse en el horizonte la posibilidad de que auténticos políticos no tuvieran más objetivo que procurar el bien común con el cumplimiento y el respeto de los derechos humanos y de todos los seres del planeta.


En la voluntad inquebrantable de una ciudadanía, pacífica pero firme, está que esto deje de ser una utopía para que se convierta por derecho en la realidad que deseamos y merecemos. 


16 sept 2013

La ciudadanía paralizada


El desalentador fracaso sucesivo de todos los propósitos anunciados en la modernidad de resolver la pobreza, la guerra y la explotación salvaje de los recursos del planeta, provoca un sentimiento de frustración y malestar arrastrado a lo largo de los tiempos y que, sumidos en la ignorancia, el desconcierto y el individualismo, nos ha ido instalando en la actitud contradictoria del conformismo, a pesar de que todo se ha agravado por los efectos profundos de un saqueo al que llaman crisis, que –además de económica– es política, cultural, social y sobre todo ética.

Los obstáculos que históricamente han impedido un mayor progreso en la conducta social del homo sapiens pueden ser múltiples, pero algunos parecen evidentes: 

La propia dotación biológica del ser humano de agresividad y egoísmo –necesaria para afirmarse en el medio natural como individuo– que perdura en el medio social con la tendencia a que se imponga la ley de los poderosos sobre los más desafortunados. 

La certidumbre que proporciona el poder y la apropiación de los recursos –potenciado por el capitalismo especulativo, generador del aumento de la pobreza mundial–, que dota de un viejo instrumento de fuerza dominadora frente a los demás: la riqueza. 

La consolidación de conductas perversas de ciertos políticos que, entregados a la clase que posee el poder económico, corrompen el sistema democrático y traicionan a los ciudadanos. 

La impunidad con que se violan los derechos humanos desde todas las instancias: políticas, económicas y sociales. 

La indefensión que padecen las víctimas de las injusticias en todo el mundo cuando carecen de recursos económicos. 

La estigmatización que sufren por el hecho de serlo los marginados, los perseguidos y los desgraciados del mundo. 

La indiferencia que muestran la mayoría de los intelectuales que son abducidos por la magia del poder y del éxito personal. 

El débil compromiso social de la militancia política, sindical, trabajadora, religiosa o estudiantil universitaria, que con frecuencia viven inmersos en intereses sectoriales o en ambiciones personales. 

La impotencia, frente a la dura represión policial, de los grupos de contrapoder que luchan de forma altruista y pacífica para desmontar la resistente dinámica abusiva del sistema. 

La insuficiencia de las acciones caritativas o solidarias de las redes sociales y familiares que tratan de atender lo que los gobiernos desatienden. 

La irresponsabilidad, la indiferencia y la falta de compromiso de la gran masa ciudadana que se desentiende de su deber cívico de exigir que los gobiernos cumplan con su responsabilidad de administrar los recursos del Estado en beneficio del interés general en lugar de gobernar para los poderosos. Por el contrario, con frecuencia apoyan a sus depredadores. 

A todo esto se une el persistente estado del miedo y el sufrimiento de los habitantes del planeta por las guerras, los terrorismos y la delincuencia, que sirven de pretexto a los políticos para restringir los derechos cívicos en nombre de la seguridad ciudadana, convirtiendo al controlador en controlado. 

A veces me pregunto cómo un solo pastor con su perro puede dominar a miles de ovejas.