16 may. 2012

Buenos y malos (1)

Por ignorancia, por fanatismo, por credulidad, por debilidad o por otros motivos que no serán fáciles de entender, caminamos a ciegas guiados por codiciosos lazarillos que nos pueden conducir como malditos a los infiernos. La condición depredadora que aún constituye a la especie humana tiene como consecuencia el dominio de unos sobre otros. Lo peor de todo es que los dominadores han venido sembrando a lo largo de la historia en nuestras conciencias la confusión entre el bien y el mal, entre los buenos y los malos a través de mitos, tabúes, creencias e historias que no hacen sino abundar en una concepción maniqueísta del mundo.


La simbología espacial, que contribuye a ello, es muy rica en ejemplos: Lo bueno siempre está arriba; lo malo siempre está abajo. Este esquema tan simple y tan primario parece constituir una mentalidad inconsciente universal. Cada persona que llega a este mundo tiene la suerte o la desgracia de pertenecer a uno de estos dos submundos, mejor dicho, al supramundo o al submundo. Pero lo más sorprendente e injusto es que la persona se convierte en buena o mala –según sea de alta cuna o de barrio bajo– porque queda estigmatizada por la situación.

Veamos, los que están arriba, los ricos, son admirables, admirados, envidiados, superiores, su estética nos seduce: creemos ver en ellos la belleza, la verdad y la bondad, como esencia de sus personas y de su clase. Todos los que ostentan poder en los distintos tramos jerárquicos gozan de esta condición privilegiada: reyes, banqueros, presidentes, papas, famosos, triunfadores que llegan arriba… Su esfuerzo por mantener el statu quo es de una eficacia incontestable porque gozan del peso de la tradición, disponen de los instrumentos de represión y controlan los medios de propaganda con lo que consiguen abducir la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, incluyendo a los que ocupan el nivel inferior, los de abajo, cuya situación los contamina haciéndolos injustamente indeseables como individuos por su origen pero útiles como instrumento del poder.

Alienados por una cultura de sumisión a los de arriba, atraídos por la seducción de los  “buenos”, gran parte de los de abajo colaboran en mantener ese statu quo, por las migajas que les puedan llegar, por la esperanza de los arribistas de llegar al cielo social o por el legítimo esfuerzo que los coloca arriba por sus propios méritos olvidando pronto a los que siguen sometidos. Clichés, prejuicios, estereotipos, juicios de valor, clientelismo o incluso fanatismo forman parte del arsenal de distorsionadores del sentido común y de la moral que provocan la alianza social y política con  el grupo de los de arriba.



Esta adhesión permite a los que ostentan el poder convertirse en casi dioses y ser considerados como tales. Si no fuera así, ¿cómo sería posible que la multitud se conviertiera en fieles creyentes o súbditos sumisos al creer como verdad absoluta que tienen derechos y privilegios históricos inalienables o que el poder lo reciben de arriba, por la gracia de Dios o por ser elegidos por el Espíritu Santo para pastorear las almas y gobernar –que venga Jesús y lo vea– un reino de este mundo: el Estado Vaticano? Hoy, a los gobernantes “democráticos” la legitimación del poder les viene –enajenando la voluntad popular– de otros dioses a los que tienen que obedecer inexcusablemente: las multinacionales, los mercados y los bancos que, siendo una trinidad, convergen en un solo dios: el dinero. Así se consolida el mundo de los elegidos, el de “los buenos”. No es que ese dios no sea necesario para el progreso. La perversión del sistema viene dada porque los poderosos rinden culto al diablo de la especulación financiera y de la corrupción por encima de afanarse en la producción de bienes, la justa distribución de la riqueza y el respeto al planeta.

La confrontación ideológica entre derecha e izquierda es el resultado de un fraude histórico que consigue dividir a los de abajo olvidando que la amenaza viene de los de arriba, al margen de que la delincuencia y el crimen se den en todos los niveles. Movimientos como el de los indignados están en el punto de mira de los poderosos porque amenazan con unirse contra un falso sistema democrático que cada vez se parece más a un régimen de vasallaje.

La colaboración colectiva por tradición para mantener las cosas como están, no alterar el orden de la naturaleza de las cosas, confiere a los de arriba y a sus simpatizantes un carácter “bondadoso” de legitimidad, son personas de orden: son “los buenos”. Los que pretenden que las situaciones injustas de los de abajo cambien son “los malos” porque vienen a romper las ancestrales reglas del juego social.

Por mucho que queramos ver solo un matiz simbólico en este esquema de análisis, parece evidente que esta forma intuitiva de interpretar la realidad está grabada en nuestros genes, en nuestros memes o en nuestros sueños. La proxémica nos ayuda a interpretar los significados subliminares que se esconden en los significantes espaciales; un ejemplo sencillo nos lo muestran los escaños de un podio.

Nota: Hacer clic en las imágenes para ampliar


  Continuará: Buenos y malos (2)  

4 comentarios:

  1. ¡Preciosa e interesantísima entrada!
    La verdad es que, sobre todo en estos tiempos, los países y los ciudadanos nos encontramos en muchas ocasiones movidos por los actuales "dioses" y "dominadores" que se nos presentan en forma de capital, bancos, agencias de calificación, dirigentes...
    Yo también pienso que es necesario no perder la orientación y, como bien se señala en el "post", estar atentos y no caer en los estereotipos de "malos" y "buenos", y ver la realidad en toda su extensión.
    ¡Enhorabuena por el texto y las imágenes! Y yo animo a todos y a todas a conseguir una visión más justa de todo lo que nos está ocurriendo, y, por supuesto, a obrar en consecuencia.
    Saludos.

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    1. Gracias, PdeC, veo que tu sintonía es total. Seguro que terminaremos contagiando el entusiasmo que mueva a la reflexión y a participar cada uno a su manera para que las cosas cambien.

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  2. Una entrada ¡¡extraordinaria!! Chapeau.
    De forma clara y precisa expones una realidad del pasado que ha sido arrastrada hasta el presente y permanece viva en una gran mayoría.
    Por eso, hay que transformar muchas cosas para que la realidad social futura sea más justa.
    Por supuesto, es una tarea muy difícil que requiere tiempo y enorme delicadeza para, con argumentos, razonamientos, ejemplo etc, despertar en las personas un espíritu crítico ante distintas actitudes o situaciones.
    Así, si logramos unirnos mucha y mucha y cada vez más y más gente en contra de los privilegios de los “poderosos” (Banca, Iglesia, Monarquía, Justicia…), haciendo que sea un clamor popular contundente, podremos conseguir, entre otras cosas, una mayor igualdad social y que se respeten los derechos, especialmente de los más débiles –que son los que siempre salen peor parados-. ¡Adelante, juntos podemos!
    Saludos para todos.

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  3. ¡Qué magnifico tu comentario, Alondra! Hay millones de personas en el mundo luchando por conseguir cambiar las cosas. Nuestro graníto de arena es un intento más de arrimar el hombro en este empeño por que la realidad se haga más transparente y la situación de los de abajo se dignifique a través de la justicia.

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