16 sept. 2013

La ciudadanía paralizada


El desalentador fracaso sucesivo de todos los propósitos anunciados en la modernidad de resolver la pobreza, la guerra y la explotación salvaje de los recursos del planeta, provoca un sentimiento de frustración y malestar arrastrado a lo largo de los tiempos y que, sumidos en la ignorancia, el desconcierto y el individualismo, nos ha ido instalando en la actitud contradictoria del conformismo, a pesar de que todo se ha agravado por los efectos profundos de un saqueo al que llaman crisis, que –además de económica– es política, cultural, social y sobre todo ética.

Los obstáculos que históricamente han impedido un mayor progreso en la conducta social del homo sapiens pueden ser múltiples, pero algunos parecen evidentes: 

La propia dotación biológica del ser humano de agresividad y egoísmo –necesaria para afirmarse en el medio natural como individuo– que perdura en el medio social con la tendencia a que se imponga la ley de los poderosos sobre los más desafortunados. 

La certidumbre que proporciona el poder y la apropiación de los recursos –potenciado por el capitalismo especulativo, generador del aumento de la pobreza mundial–, que dota de un viejo instrumento de fuerza dominadora frente a los demás: la riqueza. 

La consolidación de conductas perversas de ciertos políticos que, entregados a la clase que posee el poder económico, corrompen el sistema democrático y traicionan a los ciudadanos. 

La impunidad con que se violan los derechos humanos desde todas las instancias: políticas, económicas y sociales. 

La indefensión que padecen las víctimas de las injusticias en todo el mundo cuando carecen de recursos económicos. 

La estigmatización que sufren por el hecho de serlo los marginados, los perseguidos y los desgraciados del mundo. 

La indiferencia que muestran la mayoría de los intelectuales que son abducidos por la magia del poder y del éxito personal. 

El débil compromiso social de la militancia política, sindical, trabajadora, religiosa o estudiantil universitaria, que con frecuencia viven inmersos en intereses sectoriales o en ambiciones personales. 

La impotencia, frente a la dura represión policial, de los grupos de contrapoder que luchan de forma altruista y pacífica para desmontar la resistente dinámica abusiva del sistema. 

La insuficiencia de las acciones caritativas o solidarias de las redes sociales y familiares que tratan de atender lo que los gobiernos desatienden. 

La irresponsabilidad, la indiferencia y la falta de compromiso de la gran masa ciudadana que se desentiende de su deber cívico de exigir que los gobiernos cumplan con su responsabilidad de administrar los recursos del Estado en beneficio del interés general en lugar de gobernar para los poderosos. Por el contrario, con frecuencia apoyan a sus depredadores. 

A todo esto se une el persistente estado del miedo y el sufrimiento de los habitantes del planeta por las guerras, los terrorismos y la delincuencia, que sirven de pretexto a los políticos para restringir los derechos cívicos en nombre de la seguridad ciudadana, convirtiendo al controlador en controlado. 

A veces me pregunto cómo un solo pastor con su perro puede dominar a miles de ovejas.